
Vivimos en la contingencia absoluta, la gratuidad irremediable del existir. Pero este desamparo metafísico abre también la puerta a una nueva dimensión del vivir humano que de otro modo quedaría oculto: nuestra libertad. Paradójica condena esta de tener en cada momento que elegir y disponer, desde la soledad individual, de todos nuestros recursos para actuar, incluidos también nuestros proyectos de vida fundamentales. En este gesto creador tenemos como límites únicamente los que se refieren a su propia posibilidad; Sartre creerá que no es poco, pues con ello cabe planificar una vida moral y política. Moral y política en tanto que establece el esquema de una vida auténtica, vida propia e individual que, desde la responsabilidad que sobreviene al saber que el proyecto vital elegido compromete también a la comunidad, debe igualmente favorecer formas de organización social fundamentadas en la libertad. El sujeto sartreano no es el como el cogito de Descartes: ciertamente el cogito de Descartes es imprescindible para el logro del conocimiento, pero olvida que es en la mirada del otro, que me puede acoger desde la hostilidad o desde la aceptación, como podemos reconocernos y aprehendernos.
"Se dice que la maldad se expia en aquel mundo; pero la estupidez se expia en este." *
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